La historia de Juan y Anita (1/3)

La historia de Juan y Anita (1/3)

“Desde que Juan tiene su primera tarjeta de crédito, ya nunca usa efectivo. Ahora coge cuadre pa’ sacar su tarjeta, invita con ganas a to’ el mundo, y dice con orgullo ¡Yo pago!”

A sus casi 20 años, Juan Palotes, además de estudiar en la universidad, tiene seis meses trabajando en la ferretería de su tío. Hasta hace poco era tímido, y sólo se juntaba con un pequeño grupo de amigos en sus casas y el barrio, pero ahora que está trabajando e ingresando algo de dinero por su cuenta, su vida social súbitamente creció, y él mismo se sorprende de todos los nuevos amigos que tiene.

Últimamente, los amigos aumentaron, al mismo tiempo que Juan sacó una tarjeta de crédito que duplicó el sueldo mensual que su tío le paga en la empresa.

Juan es ahora un “fiebrú con su tarjeta de crédito”, y anda de arriba para abajo mostrándola brillosa y nuevecita, dejándole saber a todos que eso de semanales de sus padres, es para muchachos que no tienen, como él, su propia tarjeta de crédito que él maneja como él quiera.

Lo que nuestro Juan más disfruta es “el sonido del lapicero contra el papel, mientras firma” los vouchers de las cenas que brinda a todos sus nuevos amigos, a tal punto que él “pide la cuenta antes de terminar la comida”, y los convidados sólo se percatan cuando lo ven firmando la cuenta que él ni siquiera revisa.

Para los nuevos amigos, Juan era un pariguayo, un tipo “quedao” del barrio.

Eso era antes. Ahora está en otra liga, y no hay coro en el que Juan -Yo Pago- Palotes no sea la estrella, porque a él, parece ser, le sobra el dinero.

“Yo”, con mi nueva tarjeta de crédito, la mejor, “me siento grande, me siento libre” le dijo, con cierto desdeño y aire de superioridad a Anita, una de sus antiguas amigas del colegio, con quien ahora comparte poco pero que era fiel en la época de ver películas y picar lo que había en sus hogares.

“Estoy disfrutando de una nueva vida”, le dijo Juan -El Plástico- a su amiga de la infancia, antes de colgar su exquisito teléfono inteligente de última generación que recién había comprado (“no con efectivo, ¡con tarjeta!”).

En la universidad escuchó a Yuly, una de sus nuevas panas, hablando del próximo concierto del famoso cantante mexicano, aquel con el nombre del escribidor financiero que escribía mucho sobre finanzas personales (aunque Juan nunca lo leyó, pues le aburría su cantaleta de cómo manejarse bien con la tarjeta de crédito.)

“¡Invítame, que yo pago!” le dijo a su nueva y curvilínea amiga que, sin pensarlo dos veces, le respondió: “Claaaro… Yo misma te iré a buscar, en el carro de papi.”

Llegó la noche del concierto de “El Potrillo”, y Yuly se apareció en la casa de Juan en una de esas yipetonas viejas que chupan RD$5,000 por tanque.

Luego de darle un coqueto beso a Juan, le dijo: “¿Tú crees que podamos pasar por la bomba, que estoy bajita de gasolina?”

Todavía turbado y sonrojado por el inesperado saludo de Yuly, el ahora Chico Plástico no dudó ni un segundo en decirle: “¡Llénalo, que yo pago!”

Yuly y Juan se metieron en amores. Eso fue algo rápido, pero se les veía en la universidad de lo más acaramelados.

A Yuly no le faltaban unos nuevos zapatos y hasta un “iPad” de última generación que, sin la gente explicarse o entender cómo, Juan se desvivía regalándole con cualquier excusa.

“¡Yo pido todo por internet!” exclamó, dejando saber que todo lo de él era “de cajeta” y “de los países”.

El amargo despertar 

Sin darse cuenta, pues lo de él era gastar, invitar, y regalar sin pensar, ni priorizar ni planificar, Juan Palotes fue acumulando una deuda importante.

Los primeros meses pagó el balance al corte en su totalidad, ya que él tenía un ahorro acumulado. Con el paso del tiempo gastaba cada vez más y, sin darse cuenta, llegó el mes en el que de lo adeudado, sólo podía hacer el pago mínimo de su tarjeta de crédito.

Juan se tuvo que financiar a un interés del 66%. Así fue que aquel primer tanque de gasolina que le regaló a Yuly terminó costándole, un año después, RD$8,300.

Desesperado, recordó que en la publicidad de su tarjeta de crédito explicaron que con un número secreto (“PIN”) le permitían hacer retiros de efectivo como si fuera una de esas aburridas tarjetas de débito.

Aprovechó aquella facilidad para hacer el pago mínimo de ese mes, aunque fue después que cayó en cuenta que por el retiro de efectivo, inmediatamente le cobraron una comisión que él desconocía.

Peor todavía: cual bola de nieve, pagaba su deuda… ¡con más deuda!

Todo lo que le entraba de sueldo, lo abonaba a la tarjeta para seguir con la francachela y con su novia Yuly, hasta que cayó en cuenta que por más que abonaba, los cargos por interés eran cada vez mayores, y ya ni siquiera le permitían hacer consumos adicionales con la tarjeta de crédito.

Con el estrés que ahora le causaba el cúmulo de deudas que había generado, Juan Palotes ya no era el de antes.

Vivía preocupado, sin poderse concentrar, y en las noches le costaba dormir. En sus pesadillas soñaba con que lo mandarían a “turbo-cobros”, y que los abogados se le aparecían, encapuchados de negro, en su casa y en la ferretería de su tío.

Primero fueron los amigos y después Yuly. Poco a poco, Juan se quedó solo, con una vergüenza y miedo que crecía en el tiempo, pues sabía que sus malos consumos se habían acumulado en deudas, y en el “buró de crédito” le llevaban su historial de pago o, en este caso, de mora.

“Tenemos que hablar”, le dijo su tío, después de recibir una misteriosa llamada. Juan estaba seguro que era para enfrentarlo por las llamadas “turbo-cobros” que hacían a la ferretería.

De regreso al barrio se reencontró con Anita. “¿Qué te pasa?”. Cabizbajo, Juan sólo alcanzó a responderle: “¡Ay! Que entre “yo compro”, “yo invito” y “yo firmo”, ahora ya ni el banco ni sus cobradores me creen cuando les digo: “¡Yo pago!”

“Yo”, con mi nueva tarjeta de crédito, “me siento grande, me siento libre”, le dijo, con cierto desdeño y aire de superioridad a Anita, una de sus antiguas amigas del colegio, con quien ahora comparte poco, pero que era fiel en la época de ver películas en sus hogares.


 “Yo era de ese tipo de persona que se pasa su vida haciendo cosas que detesta para conseguir dinero que no necesita, y comprar cosas que no quiere, para impresionar a gente que odia”.

Emile Henry Gauvreay, periodista canadiense (1939)


Alejandro Fernández W.

Alejandro Fernández W.

Analista financiero, con más de 20 años de experiencia trabajando con el sector bancario dominicano.



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