Sobre la violencia económica

Sobre la violencia económica

“La mejor protección que cualquier mujer puede tener es el coraje.”

Elizabeth Cady Stanton, activista social


Melissa dejó de trabajar cuando nació su única hija. Manuel, su esposo, lo prefería así para no contratar a alguien que cuidara la nueva bebé. La niña creció, pasaba el día en la escuela y aunque Melissa quería, Manuel insistía: “No vas a trabajar. Tu lugar es en la casa. Yo me encargaré de lo del dinero.”

Cada vez que Alaiska se preparaba para ir a una entrevista de trabajo, su compañero la cuestionaba. “¿Pero para qué vas a trabajar? Déjate de eso.” En más de una ocasión la llamaron para que volviera a recibir una oferta, pero él se encargaba de no darle el mensaje ni pasarle la llamada del empleo.

No había forma de que Lery acordara con Esmerlin el manejo del presupuesto familiar. “Yo soy el que sabe de dinero en esta casa. Lo aprendí de mi papá, y no es verdad que voy a cambiar”. Así justificaba que Lery le entregara su tarjeta de débito en la que le pagaban su nómina para retirar todo el dinero y disponer de él.

Con Julia la situación era diferente. Su pareja le permitía manejar sus ingresos como analista de recursos humanos. Ella aportaba, según lo acordado, el 80% de lo que ganaba al presupuesto familiar.

Sin embargo, su esposo le exigía que le diera acceso al sistema de banca en línea, y no pasaba un día sin que él, necio al fin, le cuestionaba este o aquel gasto. “Lo tuyo es gastar y gastar. La verdad es que ustedes las mujeres no saben manejar sus finanzas.”

Shannon se vino a enterar muy tarde de su real condición financiera. Había decidido divorciarse, y se acercó a mí para que la ayudara a revisar su situación financiera. Su historial de crédito, el cual ella revisó por primera vez conmigo, consistía en dos páginas completas llenas de deudas, líneas y tarjetas de crédito, todas copadas hasta el límite.

Perdió todo color en su cara cuando revisó el “CICLA” conmigo. “Pero, Shannon, ¿por qué te sorprendes? Para que el banco aprobara esas facilidades de crédito, seguro que firmaste muchos documentos, solicitudes y contratos… ¿O no?”

Avergonzada, bajó la mirada. “Sí, claro que firmé. Firmé muchísimos documentos que él ni me permitía revisar en sus manos… Todo era siempre de urgencia y rápido. Que firme aquí. Que firme allá. ¿O crees que él me daba alguna alternativa?”

Edwin, por sus malos negocios y decisiones de inversión, todos realizadas con préstamos, había dañado su historial crediticio de forma irrecuperable. ¿Su solución para seguir “negociando”? Poner a Jéssica, su compañera de muchos años, a firmar cheques sin fondo, y a solicitar préstamos por su propia cuenta, de los cuales él disponía discrecionalmente. “Después te explico, pero vas a ver que con este negocio sí que nos haremos millonarios… ¡Déjamelo a mí!”

Cristóbal, un exitoso empresario zonafranquero, abandonó a Dalisa, su esposa de siete años, con quien había procreado tres niños, incluyendo una recién nacida.

Aunque se comprometió a pagar mensualmente una suma módica para el sustento de los niños, nunca hizo ni la primera transferencia a favor de sus hijos.

Llorosa, Dali me confesó: “Una cosa es que se divorciara de mí… ¿Pero de sus hijos también? Y no sólo es el dinero, es que dejó de existir en la vida de ellos”.

Marielle y Héctor, juntos construyeron todo un emporio empresarial, en el sector de la salud mental. Aunque ambos eran doctores, ella sólo daba consultas, mientras él, además de atender pacientes, manejó la parte administrativa.

Treinta años de sociedad y matrimonio no impidieron que Héctor se enliara con una joven pasante.

“No me vas a creer, pero durante esas tres décadas yo nunca cobré ni un solo centavo de sueldo. Confié en Héctor plenamente”.

“He tenido que contratar hasta detectives”, prosiguió la doctora Marielle: “Ahora resulta que nada está a mi nombre, ni el de él ni la clínica, sino de unas compañías fantasmas en el exterior. Dice mi abogado que mi ex se dedicó a esconder nuestro patrimonio para no tener que hacer una partición justa conmigo”.

Llorosa y desesperada, Marielle exclamó: “¡Pero eso no es lo peor! Lo increíble es que ahora voy a los bancos, y ni una cuenta corriente me abren. Mucho menos una tarjeta de crédito o un préstamo que necesito para lidiar con esta crisis.”

Imaginé la razón, pero como para apoyarla a desahogarse le pregunté por qué.

“¡Es que no existo económicamente! Yo siempre le había dicho a Héctor que quería sacar una cuenta a mi nombre y mi propia tarjeta de crédito, pero él insistía en que no era necesario, que le dejara eso a él, pues con los números yo no servía”.

Melissa. Alaiska. Lery. Shannon. Jessica y Marielle. ¿Las conoces?

¿Qué puedes hacer?

La violencia económica en el hogar es uno de los principales elementos sobre los que se fundamenta la violencia doméstica en la pareja. Es un círculo vicioso y muy conocido: Limitada en el acceso a los activos o recursos financieros, ella no contará con el dinero necesario para asegurar un techo y sustento mínimo.

Temiendo quedarse “sin nada”, no sólo ella sino sus hijos, ella opta entonces por quedarse entrampada en el círculo de violencia.

En un contexto como el nuestro, donde 3 de cada 10 mujeres no perciben sus ingresos propios, es algo muy común.

Un primer paso para salir hacia adelante es hacer conciencia de la trampa en la que una mujer puede estar metida, a veces de forma pasiva. Se debe buscar ayuda, más que con un asesor financiero o abogado, con especialistas en temas de violencia doméstica o de la pareja, como puede ser el Patronato de Ayuda a Casos de Mujeres Maltratadas (PACAM, en el 809-533-1813).

La mujer debe comenzar a crear su propiedad, identidad y espacio, desde una dirección de correo electrónico, un disco duro “virtual” (tipo DropBox o Google Drive) hasta una cuenta bancaria a su nombre. Obvio, para todo a estas cuentas sólo ella debe tener acceso.

Debe revisarse el historial de crédito para saber dónde está parada en cuanto a compromisos financieros y el estatus de esas deudas formales. Es importante también tratar de sacar copia (o por lo menos una foto con un celular que sólo ella controle y cuyas imágenes se almacenarían virtualmente) a todo documento legal, bancario o financiero que evidencie un activo o pasivo en el que ella está involucrada.

Poco a poco, tocará reconstruir su propio archivo o identidad financiera. Es importante hacerlo con discreción.

Para quienes estén en esta situación, y necesiten ayuda, publicamos la guía “Esperanza y Poder Para Sus Finanzas Personales”.

Alejandro Fernández W.

Alejandro Fernández W.

Analista financiero, con 20 años de experiencia trabajando con el sector bancario dominicano.



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