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Piratas del Caribe

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Al gobernante de turno no le quedó otra opción. El presupuesto no daba abasto, los impuestos no podían aumentarse más, y las necesidades caudillistas y de permanencia en el poder, apremiaban. Los financistas de siempre llegaron a su tope y no le prestaban más. La maquinita de “inorgánicos” fulminó cualquier posibilidad de crédito interno.

Entonces llegó el “banquero”, de apellido y procedencia extranjera, prometiendo villas y castillos. Aseguraba obtenerle un crédito “extraordinario” a la República.

Los fondos ya estaban disponibles en bancos de primera línea en Londres. Eso explicaba el extranjero que, aunque totalmente desconocido, aparentaba sofisticado y prepotente. Solo hacía falta firmar el contrato y pagar la comisión por “arreglar” el préstamo. ¿Qué importaba si algunas de las cláusulas eran onerosas, o que la comisión (pagada por adelantado, “of course”) era una porción sustancial del total del crédito? Lo importante era obtener el financiamiento lo más pronto posible. Emitir unos títulos de deuda con la garantía soberana del país, añadiendo uno que otro activo real en garantía, era lo de menos. “Sobre la marcha se acomoda la carga,” pensaban los criollos.

Hace 140 años…

Lo relatado por Franklin Franco Pichardo corresponde a 1869. El gobernante era Báez (el otro) y el banquero inglés los señores de la Hartmont & Co., de Londres.

De los RD$43.5 mil millones (en dinero equivalente de 2005) apenas se percibió una fracción, de hecho menor a la comisión que se le pagó a los financistas. El mismo gobernante intentó anular el contrato, pero ya todo estaba firmado y consumado.

Los señores de Londres habían estructurado otro empréstito que contaba con el respaldo del contrato de 1869, pero por un monto mayor. Esos fondos terminaron en el bolsillo del corsario inglés, pero las obligaciones fueron asumidas por la República, todavía bananera, de aquel entonces.

¿Aprendimos la lección?

Cualquier similitud con el presente es pura coincidencia. Trágicamente, aquella primera y nefasta incursión de endeudamiento externo del país ha sido recurrente en su historia. Todos los empréstitos de este tipo tienen características tan parecidas que ponen los pelos de punta al más simple de los observadores.

Las villas y castillos que por medio de los créditos se harían posible son ahora más “nobles” que las de antes. Báez buscó a Hartmont para financiar sus acciones armadas y mantenerse en el poder, mientras que más de un gobierno reciente, y conste que de colores diferentes, buscaron a la casa de “Sun Land” (de Miami) para armar a la Policía Nacional, o irrigar las áridas tierras de Azua.

¿Por qué escribo esto?

Si el crédito de una persona es sagrado, el de una nación lo es más. Comprometer al país con estos contratos demuestra ignorancia no solamente de la historia, sino de los más elementales principios de banca. Mientras sigamos como nuestros antecesores, entregando oro y soberanía por espejitos y cascabeles, no progresará ni esta generación, ni la de nuestros nietos. Aprendamos.


LA CIFRA

43,565 MILLONES DE RD$

Es el equivalente en 2005 del endeudamiento de la RD con la Hartmont & Co. de Londres en 1859. De este monto, el país recibió el 9% de lo prometido, pero tuvo que ha- cer frente a la obligación total… con otro préstamo de la Westendorp & Co.


“Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo…”

George Santaya, “La Razón en el Sentido Común”

Alejandro Fernández W.

Alejandro Fernández W.

Analista financiero, con más de 25 años de experiencia trabajando con el sector bancario dominicano.



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