Mi relación con ella (II)

Mi relación con ella (II)

Aquella noche que compartimos, hace ya un par de meses, será una que nunca olvidaré. La compartimos solos, tú y yo, con la luna llena reflejando su luz plena sobre las olas de Cabarete.

Como era nuestra primera noche, y quería llevar las cosas al paso para así conocerte mejor, decidí que era mejor solo un par de copas de vino. Luego del 16% de don Juan -Sonrisas- Hernández, y una propina para el mozo que nos atendió, firmé con mi puño y letra, algo nervioso, nuestra primera nota de amor.

Llevo esa nota conmigo todo el tiempo, guardada cuidadosamente doblada en mi cartera. Arriba de mi firma, aquel primer consumo (RD$1,000.00 exactamente) con una fecha inolvidable: el 13 de junio.

En el primer pliego que recibí de tu padre, aquel al que me adherí esperanzadamente días antes de nuestra primera salida cuando llegaste a mis manos por primera vez, la promesa era que me escribirías desde tu casa paternal por lo menos una vez al mes.

Cómo pasan los años

No fueron años, pero sí semanas. Los días pasaban lentamente dada la ansiedad (¿curiosidad?) con la que esperaba noticias de ti.

Pasó el primer mes luego de aquella cita inolvidable, pero… ¡nada!

Estuve tentado en visitarte por la página de internet de tu padre, por la que me consta puedo tener nuevas tuyas, pero el romántico en mí prefería llevar lo nuestro a la antigua: con cartas íntimas, escritas por ti y entregadas en físico, a mano, por el mensajero de tu casa.

Ya acercándose el segundo mes, confieso que me desesperé.

Molesto, le escribí a tu padre, reclamando tu carta. Él, quizás por celos o nervioso por nuestra relación, no se dignó en responderme sino que le ordenó a su secretaria que atendiera mi reclamo.

Desde una sucursal de tu casa paternal, la secretaria no supo, a pesar de mi insistencia y exigencias, explicarme la razón por la que tu primer estado de situación no llegó a mis manos, a pesar de que mi dirección era la misma que cuando firmé mi adhesión a ti.

Con algo de vergüenza y pudor, la secretaria me susurró por el teléfono que lo único que podía ofrecerme era una imagen digital de tu carta que, por lo visto, tu padre guarda de todas nuestras correspondencias.

A falta de lo original, me fui con lo virtual. Lo importante, al final de los estados de cuentas, era saber de ti, de tus recuerdos de aquella primera noche.

Una carta de sorpresas

Recibí el correo electrónico con tu carta digital anexa al mismo (y sellada por tu padre). Sin pensarlo la abrí y las sorpresas no se dejaron esperar, por lo que me escribiste y dejaste de escribir.

Debajo de aquellos RD$1,000 de uvas y lunas, está el cargo de RD$500 que tu padre me había dicho, en la página web donde sale una plástica foto tuya, sería el costo que acarrearía el tenerte cerca de mí.

Tienes hermanas más caras (como una exclusiva negra de “doble saldo” de RD$7,500), así es que no me quejo. Lo bueno sale caro y tú, aunque eres una chica clásica y color miel, eres buena.

Algo que sí me tomó totalmente desprevenido fueron los RD$50 que tu padre me cobró como “protección” (¿contra qué o quién?) por si te perdía.

Mis votos de adhesión, fidelidad y cuidado a tu plástica esencia ya los había firmado y, es más, hasta telefónicamente se los había dado al activarte, asegurándole que el susodicho seguro sería innecesario.

Yo me encargaría de protegernos y la seguridad que él nos ofrecía, según sus propias letras chiquitas, era “opcional”. Pero… ¡ahí está! Descaradamente, como para provocarme, me lo cobró.

Una última despedida

Frente a un estado de RD$1,550 (35% de ese monto costos de tu casa paternal), tuve que enfrentar la más delicada decisión: ¿cuánto pagaría por aquella noche inolvidable en Cabarete?

Tu padre me daba dos opciones: pagar el balance total o, cual si fuera una cortesía de su parte de tal forma que nuestra relación sea más llevadera, un pago mínimo de “solo” RD$200.

¿RD$200? Una ganga me parecía a mí. ¿Para qué solventar todo de un tiro único, cuando sólo me exigía el 12% del balance total?

En ninguna parte de esta carta, ni de nuestro contrato matrimonial al que nos adherimos meses atrás, me dijo que habrá recargos o costos adicionales por limitarme a pagar el “mínimo” de RD$200 pesitos.

No veo tasas de interés si es que opto por financiarme, ni tampoco veo una cifra específica por gastos financieros si es que no doy (toda) la cara, ahora, por el hecho que ya consumamos tú y yo.

Aunque veo esta oferta de tu padre con ojos sospechosos, me fiaré de él.

No solamente amortizaré en el tiempo nuestro encuentro, sino que hasta los costos de tenerte serán cosas de una carta futura.

¿Será verdad tanta belleza? Quiero pensar que sí. Con la excepción de los RD$50 de protección indeseada, tu padre ha sido bueno y franco con nosotros.

Aunque su letra adhesiva es chiquita y compleja, tu carta es elocuente por lo poco tan concisamente me dices.

¡Abonaré solo el mínimo!

De seguro que en tu próxima misiva tendrás más que contarme.

La esperaré (en la puerta de mi casa esta vez, por favor) con ilusión y solo los mejores recuerdos.


 “Otro elemento que incide en la fidelidad del usuario es la publicación del tarifario como un ejercicio de transparencia, muy valorado por el público, al divulgarlas en sus web o portales podría ayudar a fortalecer su vínculo. En el caso dominicano, sólo 1 de 15 bancos múltiples no publica su tarifario”.

Superintendente Haivanjoe Ng Cortiñas (26 de julio de 2011)

Alejandro Fernández W.

Alejandro Fernández W.

Analista financiero, con más de 20 años de experiencia trabajando con el sector bancario dominicano.



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