El costo de la inercia

El costo de la inercia

Lo dijo Elbert Hubbard, el escritor: «La razón por la que las personas se oponen al progreso no es que odian el progreso, sino porque aman la inercia.» Poderosa fuerza esa, la inercia. Nos lleva muchas veces a postergar, hasta que ya es demasiado tarde, decisiones cuyo momento hace tiempo llegó pero que, por una u otra razón, preferimos ignorar, olvidar o negar.

Dos recientes controversias de nuestra actualidad bancaria y financiera me llevaron a esta reflexión. Pienso que, aun sea una simple opinión la que hoy compartimos, vale la pena profundizarla. Ojalá sirva para que, robando una frase, rompamos inercias a futuro.

Yo aspiro a una pensión digna

Hace exactamente un año (casi para esta fecha), escribí una serie de tres artículos donde analicé la rentabilidad de las administradoras de los fondos de pensiones (AFP) y sugerí, concretamente, que se revise cómo las estábamos compensando por gestionar nuestros ahorros.

Como dije, no fue un artículo suelto. Fueron tres, y todos luego canalizados a los agentes del sector financiero, a las autoridades, a los legisladores y a la sociedad en términos generales.

Salvo una honrosa excepción (del Colegio Médico Dominicano), no recibí reacción ni apoyo formal a las inquietudes planteadas en el artículo.

Del lado privado, una representante de las AFP cuestionó mi estilo «grandilocuente» y mi forma de analizar la rentabilidad de una empresa o un sector. Otro me informó que ya se había decidido disminuir gradualmente «a inicios del año que viene» (es decir, en enero de 2013) la controversial comisión por desempeño.

El supervisor me informó que ese aspecto (el vinculado a la comisión complementaria del 30%) estaría en la agenda de una de las tantas comitivas de «reforma» encabezadas por el Ministro de la Presidencia y que, aunque compartía mi inquietud, podría estar tranquilo ya que se actuaría para reformar el tema.

Lo cierto es que no pasó ni una cosa ni la otra, y que solo a partir de la publicación de los estados financieros de las AFP a junio de este año y de las publicaciones de la redacción de este periódico fue que, finalmente, se puso «de moda» cuestionar el equilibrio en la rentabilidad del sistema y el llamado a que se reduzca la comisión complementaria. Luego de unas cantinflescas deliberaciones entre las AFP y su supervisor, ahora una comisión especial de la Cámara de Diputados plantea un proyecto para reducir, de forma inmediata, la tasa de un 30% a un 15% de la rentabilidad por encima del marco de referencia obtenida por las distintas AFP gestoras.

Tuve la oportunidad, que agradecí, de presentar a los legisladores lo expuesto en mis trabajos del año pasado y mi conclusión fue que, aunque claramente debía replantearse el esquema de compensación, el cómo, cuándo o cuánto del cambio ameritaba un estudio más allá de mi alcance.

Por ejemplo, tengo la inquietud de que modifiquemos la tasa de la comisión complementaria (del 30% al 15%), dejando intacta la base de referencia (o «benchmark» en la desfasada forma de la tasa pasiva promedio ponderada de los depósitos bancarios) que establece la ley y que, si a reformarla es que vamos, debe ser lo primero en cambiar.

Las tarjetas de crédito

El incómodo espectáculo de la semana pasada en la Superintendencia de Bancos, donde se anunció el «compromiso» de las entidades del sector a disminuir sus tasas de interés de forma colegiada, unilateral y «motivada», fue verdaderamente lamentable y debió evitarse.

Más allá de la ilegalidad de fijar o acordar «topes» a las tasas de interés de un mercado que, según la Constitución y la Ley Monetaria y Financiera, es contraproducente (aunque muchos lo objeten) fijar como límite superior una eventual tasa del 54% en ese producto en el 2015.

De llegarse a implementar esa artificial reducción en las tasas, lo que sí les puedo apostar que ocurrirá, es que decenas de miles, si no cientos de miles, de tarjetahabientes que acceden al crédito bancario por vía de un plástico de bajo límite no podrán obtener ese apoyo, a esa reducida tasa de interés y que sus suertes serán determinadas por los usureros del módico 240% y 480% anual.

Si objeto la tasa tope… ¿qué propongo? Eso no es nuevo, por lo menos a los lectores de esta columna (y me consta que tengo a más de un banquero entre ellos).

Perfectamente pueden y, de hecho deben existir tasas de interés diferenciadas en un mercado competitivo. La diferencia (digamos entre un 28% y un 90%) lo marcará el nivel de riesgo, el historial, la experiencia y los nichos atendidos conforme a las diferentes estrategias comerciales ejecutadas por los bancos.

Si en el caso de las AFP, el detonante fueron las utilidades de junio de 2013 y su seguimiento por este periódico, en el caso de las tarjetas, supongo (pues sinceramente lo desconozco) que la justificación para las tasas «topes» habrá sido la amenaza de un proyecto de ley paralelo a la Ley Monetaria y Financiera con el que, por cierto, yo estoy en total desacuerdo.

No dejes para mañana…

¿Era realmente necesaria mi «grandilocuente» serie sobre el tema? ¿Tenían las AFP que esperar por los titulares de Diario Libre para actuar? ¿O por las declaraciones, algunas sin razón, de muchas de las críticas que vinieron después? No.

¿Tenía la banca que llegar a un «acuerdo» «voluntario» como el de la semana pasada para replantear su modelo de las tarjetas de crédito? ¿Se necesitaba un proyecto de ley para motivarlos? ¿Un reglamento de la Junta Monetaria? No.

Algunos pensaron que si y se equivocaron. No falla aquello de que «No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo.» Apúntenlo.


 Una sociedad alcanza la grandeza cuando sus ancianos plantan árboles, bajo cuya sombra jamás se sentarán; por lo que juntos debemos plantar los árboles que darán sombra a las generaciones venideras (proverbio griego).»

Héctor Valdez Albizu

 

Alejandro Fernández W.

Alejandro Fernández W.

Analista financiero, con más de 20 años de experiencia trabajando con el sector bancario dominicano.



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