Comercio y guerra restauradora

Comercio y guerra restauradora

Pocas veces son consideradas variables económicas para la explicación de los hechos de nuestra historia. Un caso particular lo constituye la guerra de la Restauración, en la que el aspecto económico pocas veces se trasluce. El conflicto contra los españoles estalló sin que los dominicanos contaran con un parque bélico considerable. Fuera de la pólvora, municiones y fusiles que pudieron recolectarse entre particulares localmente, los esfuerzos para recibir armas desde Estados Unidos, Francia o Inglaterra – impulsados después de la proclamación del gobierno provisorio en Santiago – fueron infructuosos y se acordó su búsqueda en el entorno más cercano. Para la adquisición de pertrechos, los dominicanos utilizaban el tabaco como uno de sus instrumentos de cambio, aunque el trueque también tenía efecto a partir de frutos del país.

Las fuentes de los recursos obtenidos fueron Haití, donde se compraban fusiles, pólvora y plomo, y las Islas Turcas, hacia donde se remitía tabaco a cambio de pólvora y plomo. El propio Ramón Matías Mella recogió en una ocasión 10 mil serones de tabaco entre comerciantes para embarcarlos hacia Estados Unidos y traer pertrechos.

El activo comercio transfronterizo tuvo una importancia de primer orden en el desarrollo de la guerra de la Restauración. Clic para tuitear

En el norte, un punto en el que los insurrectos dominicanos recibían auxilio era Monte Cristi, donde embarcaciones llegaban con cajas de rifles, cartuchos, plomo, pólvora, cápsulas, barriles de harina y sacos de arroz. En la frontera sur, el tráfico tenía características particulares. Generales haitianos relacionados con jefes militares dominicanos proporcionaban armas y municiones y en los mercados semanales de Las Matas de Farfán, San Juan de la Maguana y Neiba, a trueque de ganado, los haitianos entregaban pólvora, plomo y otros efectos. Grandes cantidades de pólvora eran traídas libremente por dominicanos que se movían entre Jacmel y Pedernales para auxiliar a sus facciones de Barahona y Neiba. Un elemento interesante es que, para fines de 1864, en Haití estaba prohibida la introducción de municiones, por lo que los pertrechos que pudiesen obtenerse en el extranjero debían ser enviados junto a provisiones tales como harina para camuflar su ingreso. Agentes al servicio de los dominicanos recibían armas de manera subrepticia en Cabo Haitiano yJacmel.

Aunque el gobierno restaurador declaró la guerra por mar y tierra, el bloqueo marítimo español no fue tal, como reconoce uno de los cronistas españoles de la guerra, porque de haberlo sido la insurrección no habría podido sostenerse. Ello explica que las provisiones de guerra fluyeran desde Islas Turcas, pese al asedio marítimo, así como a través de la frontera marítima y terrestre de Haití. Y todo con el visto bueno de Inglaterra, que si bien había dado aquiescencia a la ocupación del país por parte de España, no validó el bloqueo y brindó a través de su marina disimulada ayuda a los dominicanos que burlaron el sitio justamente desde las Islas Turcas, sus posesiones al norte de Puerto Plata, un indudable centro de acopio de armas inglesas. El soporte a las naves que traficaban armas hacia República Dominicana ocurrió, sin dudas, con el pleno conocimiento del gobierno unionista de Lincoln, que extendió en 1862 su reconocimiento diplomático a Haití, único territorio insular antillano que no era colonia de ninguna de las potencias europeas, con el definido propósito de establecer en Cabo Haitiano una base carbonera y el cuartel general de su Escuadrón de las Indias Occidentales. El objetivo ulterior era poner en práctica la “Operación Anaconda”, nombre que se le dio al sitio naval que buscó controlar el tráfico por el mar Caribe de los raiders de la Armada de los Estados Confederados y de los “corredores de bloqueo” de los privateers o corsarios confederados.

Pese a la libertad de tránsito de que gozaban los dominicanos para la adquisición de armamento en Haití e Islas Turcas, las armas y pertrechos en manos de los restauradores fueron escasos, antiguos y desgastados por el uso. La insuficiente cantidad de armas de fuego, la imposibilidad de obtener un mayor número de estas en el curso de la guerra y el reconocimiento de ser poseedores de piezas deficientes, determinaron que los restauradores asumieran el enfrentamiento con los españoles sobre la base de un sistema de guerra de guerrillas, impuesto tempranamente y metodizado por Mella.

Las armas de fuego que llegaron vía Haití e Islas Turcas fueron los instrumentales primarios de los dominicanos, pese a la confianza que tenían en el machete – utilizado con carácter secundario y circunstancial-, y resultaron ser las que determinaron el triunfo dominicano. Su activo comercio transfronterizo por mar y tierra para armar al ejército dominicano, con el visto bueno del gobierno inglés y al amparo de la ubicación de la base naval estadounidense en territorio haitiano – que incidió indudablemente en la introducción de armas de factura norteamericana en el vecino país, así como también en la presencia de vapores unionistas traficantes de pertrechos en aguas haitianas y dominicanas – tuvo una importancia de primer orden en el desarrollo de la guerra de la Restauración.


Foto: Puerto Plata, década 1870. Autor desconocido.

Edwin Espinal Hernández

Edwin Espinal Hernández

El autor es abogado e historiador. Twitter: @edwinespinal09


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