Raciones, convoyes y acémilas en la guerra restauradora

Raciones, convoyes y acémilas en la guerra restauradora

La anexión a España en 1861 comenzó con una dificultad que resultaría permanente para las tropas ocupantes: el abasto, en cantidad y calidad apreciables, de provisiones de boca. Esta limitante no solo se manifestó en la ciudad capital sino que fue patente rápidamente en otros puntos, producto de la insuficiencia y la carestía de los alimentos que golpeaban rudamente a la población dominicana en el momento de la llegada de las milicias españolas. Oficiales que estuvieron en la campaña de África entre 1859 y 1860 testimoniaron que experimentaron aquí más privaciones que las que sufrieron en el continente negro por la carestía y la escasez de alimentos. Las tropas españolas hubieron de empezar, pues, sus incursiones en el país no sin pasar ingentes penurias por las escasas provisiones de que pudieron disponer.

El aumento de la población producto de la llegada de contingentes armados implicó una mayor demanda de alimentos y su consecuente aumento de precio; en particular, el sobreprecio de los productos de primera necesidad en el país, en comparación con los que predominaban en Cuba y Puerto Rico, era considerable y radicaba en el hecho de que los comerciantes locales se surtían en esas islas. Inconvenientes adicionales eran la depreciación del valor del agente de cambio, que era la onza de oro española, que valía 16 ½ pesos, mientras que en Cuba se cotizaba a 17 pesos, y la reducida provisión de recursos de la Administración de Hacienda española para subvenir a la alimentación de las tropas y saldar las compras a los proveedores dominicanos.

Las tropas españolas empezaron sus incursiones en el país pasando ingentes penurias por las escasas provisiones de que podían disponer. Clic para tuitear

El comienzo de la guerra de la Restauración en 1863 trajo otras complicaciones aún mayores: la imposibilidad de recolectar rápidamente alimentos para llevarlos a las tropas que se movilizaban y el atasco en la llegada de recursos económicos y materiales desde Cuba. La rápida extensión del movimiento restaurador en el Cibao puso en aprietos a las autoridades españolas. En primer lugar, se les tornó complicado reunir alimentos para sus guarniciones en algunos puntos, restricción que había sido generada sin duda con el apoyo de los comerciantes dominicanos o extranjeros favorecedores del levantamiento. En segundo lugar, el régimen anexionista vio restringida su capacidad de respuesta ante la tardanza en la llegada de los fondos necesarios para sostener sus fuerzas.

La imposibilidad de obtener bastimentos en la zona rural entorpecía un rápido avituallamiento y obligaba a destinar batallones para transportar las provisiones desde Puerto Plata, con lo que a su vez se descuidaba el enfrentamiento armado. Los convoyes de raciones estaban integrados por un número de acémilas que variaba según las cantidades transportadas e iban escoltados por compañías; además de los animales se utilizaban carros – carretas – para el transporte de algunos productos. Las brigadas de acémilas tenían encargados y además del trasvase de alimentos servían para el despacho de los enfermos de los campamentos.

El traslado de las raciones de campaña estaba afectado de múltiples complicaciones. En primer lugar, los malos caminos y el calor, lo que hacía fatigar a la tropa y a los animales, pero también el mal estado de los medios de transporte. Además, factores en el curso de los tránsitos de un punto a otro, como los repetidos vuelcos de las carretas y la abertura de los sacos, echaban a perder determinados alimentos – las galletas, por ejemplo, se humedecían por las lluvias que las afectaban en las marchas por no ir cubiertas en forma adecuada – , amén de que los envases utilizados eran a menudo inapropiados para el traslado en animales.

Una condicionante de ribetes particulares era la diferencia de peso en las raciones de víveres: todas las balanzas romanas que existían en el litoral de la isla eran francesas y tenían 12 y medio por ciento más que el peso español, lo cual implicaba diferencias en la distribución de raciones, aunque, aun con ese inconveniente, siempre había en las remesas de víveres una notable diferencia.

Otra restricción a la rapidez en el transporte de las raciones era el muermo, enfermedad que afectaba las acémilas, caracterizada principalmente por ulceración y flujo de la mucosa nasal e infarto de los ganglios linfáticos próximos.

La ingesta de los animales constituía otro obstáculo que dificultaba que las cargas llegaran completas a su destino. Tanto los mulos de carga como los caballos de oficiales y soldados se alimentaban con maíz y maloja, pero cuando faltaban las partidas del grano destinadas a las acémilas, estas se racionaban con el maíz de los convoyes, parte de cuyas raciones, en casos de necesidad absoluta, también eran tomadas para alimentar a sus escoltas.

Un perjuicio de mayores dimensiones se sumaba a la gran dificultad que resultaba el traslado de las cargas: la insuficiencia misma de acémilas. Sin mulos sobrados para su transporte, la movilización de tropas era arriesgada, por la restringida cantidad de insumos, pertrechos y piezas de artillería que podían llevarse, lo que se complicaba aún más si el número de escoltas para su vigilancia era limitado y si la destinación de soldados para esa función implicaba dejar desguarnecida una posición.


Foto: Imagen de archivo, fuente externa.

Edwin Espinal Hernández

Edwin Espinal Hernández

El autor es abogado e historiador. Twitter: @edwinespinal09


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