Redes sociales: to be or not to be

Redes sociales: to be or not to be

Yo no creo en redes sociales, ni voy a prestar atención a lo que dicen. Son movidas por un grupito de gente, donde se anidan muchos resentidos y frustrados”.

La expresión me dejó en un taco, gélido y a la vez azorado, por cuando provenía de un ente público que por su naturaleza tiene el imperativo de fortalecer y resguardar los intangibles institucionales y personales, asentados en la confianza y la credibilidad.

Una mirada en equilibrio lleva a admitir que en su manifestación hay errores, aciertos y algunos niveles de criticidad objetiva.

Las estadísticas desmontan por sí solas la afirmación de que una minoría está activa en redes sociales (RRSS). El planeta acoge a 7,593 millones de seres humanos y de esa cantidad 3,196 millones son usuarios de estos espacios virtuales, para un 42%.

Sí, pero siempre es un grupito que permanentemente está publicando contenidos”, zanjó.

Asumamos que es así, pero los niveles de visibilidad que crean, modelando percepción en el silencio de la mayoría, es inimaginable, altamente viral y riesgoso, pues hablamos de una audiencia que es casi la mitad del mundo.

No estar en ellas es prácticamente no existir, perder oportunidades, no poder controlar ni dominar –cuando se requiera- el monstruo desde sus entrañas. Clic para tuitear

Y si se trata de contenidos en redes sociales que remiten a plataformas web, cabe señalar que los usuarios de internet son 4,021 millones, el 53% del mundo, artillado  con dispositivos para consumir e interactuar en cualquier lugar y hora. 5,135 millones de usuarios únicos de aparatos móviles no es cualquier cosa.

Esta realidad impone nuevas formas de comunicación que destruyen el viejo esquema funcionalista de Harold Lasswell y Paul Lazarsfeld sobre el emisor que gobierna y condiciona a un receptor pasivo a través de los medios.

Las redes sociales –pobladas de sujetos deplorables, enfermizos, irresponsables, pero también de lúcidos, decentes y enfocados- tienen la virtud de haber creado el “prosumer”, un receptor activo, que a su vez es emisor, haciendo cada vez más horizontal la relación en los modelos de comunicación.

Conjuntamente con las tecnologías de la información (TIC), que evolucionan a velocidad incontenible, las redes sociales establecen nuevos abordajes en la comunicación. La joven Rocío Martín López (@rociomartinlope), especialista en comunicación audiovisual y política, ha creado el concepto de “neotelling,” una narrativa que armoniza los usos tradicionales en la comunicación con la tecnología y que impulsa el multi-impacto para capitalizar la atención.

Portada del libro Neotelling, de Rocío Martín López

Las redes sociales son terrenos para esa nueva práctica, aunque no constituyan un campo exclusivo. ¿Qué hay allí mucha basura? Sin dudas, pero toca a los sensatos separar el trigo de la paja.

Imágenes, audios, sensaciones, olores, códigos QR, realidad aumentada, son materia de una nueva plataforma que genera experiencias inéditas en la comunicación, integrando los gestos, la mirada, la voz.

Perderse de todos estos recursos –que ayudan orgánicamente, si son bien usados, a crear capital reputacional- es una opción, sabiendo que excluirse supone pagar un precio, que puede ser extremadamente alto en situaciones de crisis.

Juan Carlos Escotet (@jescotet), con más de 300 mil seguidores en twitter, es presidente de Banesco Grupo Financiero Internacional. Cuando el gorilismo venezolano intervino a Banesco Universal y encarceló a sus ejecutivos, con la amenaza de expropiar la entidad privada, Scotet se pronunció a través de videos en esta red.

Desarrolló un relato digno, claro y creíble que –sin perder la compostura- proyectó el abuso de poder cometido y extendió en primera instancia su mano solidaria a los afectados. Se trató de una actuación memorable en los anales del sistema financiero mundial.

Imposible haber desarrollado esta narrativa y ganar apoyo sin ser activo en redes sociales. Lo más importante es que el ejecutivo bancario dejó una huella perenne en la esfera digital y contrarrestó una posverdad, creando contraste y contexto para entenderla.

Mi interlocutor citado en este artículo pudiera argumentar que le estoy contradiciendo con base en estadísticas globales, pero que la realidad de la República Dominicana es otra. Vamos primero de lo general a lo particular partiendo de una visión regional.

Hootsuite y We Are Social, las fuentes de donde extraigo los números, indican que en 2018 la penetración de las redes sociales en Centroamérica alcanzó un 59% y en el Caribe, 40%. La conectividad móvil es de 96% y 74%, respectivamente. Aquí en República Dominicana es de 92%.

De nuestros poco más de 10 millones de habitantes, el 56% está activo en Facebook cada mes, 23% en Instagram y poco más del 12% en Twitter (cuyo valor no está en la cantidad de usuarios, sino en su capacidad de crear foros que dinamitan cualquier escenario).

Las empresas comerciales y de servicios, incluyendo bancos, instituciones estatales, personalidades, empresarios, funcionarios públicos, se preocupan por tener presencia en la órbita digital, en diferentes dimensiones y proporciones –según los intereses. Las redes sociales son vitales en sus operaciones y estrategias.

No estar en ellas es prácticamente no existir, perder oportunidades, no poder controlar ni dominar –cuando se requiera- el monstruo desde sus entrañas o, como dice Enrique Alcat, “ser fatalmente conocido en medio de una crisis”, sin otra historia que la impuesta por terceros.

Aunque amorfas y desreguladas, soslayar las redes sociales o pretender ignorarlas como vehículo de comunicación es una opción, como lo sería también hacer una vida decimonónica en pleno siglo veintiuno. Al final todas las preferencias tienen su costo.

 

Víctor Bautista

Víctor Bautista

El autor es socio director de Mediáticos Consultores en Comunicación. Encuéntralo en Twitter (@ViktorBautista y @MediaticosRD) o visitando www.mediaticos.com.do.


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