La revolución de 1857 y sus implicaciones económicas (3 de 5)

La revolución de 1857 y sus implicaciones económicas (3 de 5)

De las tres emisiones por un total de 24 millones de pesos, dos millones de la primera emisión “se destinaron a reemplazar el papel deteriorado y a cubrir los gastos incurridos en la confección de los primeros seis millones de pesos en billetes. Los cuatro millones restantes se cambiarían por monedas de oro extranjeras”, las cuales eran depositadas en un banco en Saint Thomas a una tasa de interés anual oscilante entre el tres y el seis por ciento.  Las restantes emisiones de cuatro y catorce millones, amparadas en la libertad que dio el Senado Consultor al gobierno de emitir las sumas que considerarse necesarias para amortizar los billetes de la primera emisión inmediatamente se constatara una disminución en su valor adquisitivo, generaron, dicen Estrella y Rudman, una avalancha de papel moneda tan grande “que su valor se depreció hasta llegar a 4,750 pesos nacionales por uno fuerte”.

José Gabriel García explica que “el aumento repentino de esta especie funesta y perjudicial vino a destruir el equilibrio mercantil, porque la desconfianza alejó por de pronto el metálico de todos los mercados y echó a rodar el papel moneda por la pendiente resbaladiza del desmérito”. Las emisiones de cuatro y catorce millones, precisa este autor, “acabaron de precipitar la bancarrota, pues se vieron inundados del funesto agente todos los mercados, con grave perjuicio del gremio agricultor, que era al que se fingía proteger al impedir el estanco periódico con que traficaban los agiotistas, porque habiendo principiado a vender por papel su cosecha de tabaco, cuando el cambio estaba a cincuenta por uno, vino a deshacerse de ese papel cuando ya circulaba a más de 68 ¾, experimentando la pérdida consiguiente a la fluctuación del ruinoso agiotaje”.

Tres emisiones por un total de 24 millones de pesos generaron una avalancha de papel moneda tan grande que la depreciación llegó a 4,750 pesos nacionales por uno fuerte. Clic para tuitear

Lluberes sugiere que gran parte de las onzas de oro o pesos fuertes fueron cambiadas a los comerciantes, pues “el campesino cibaeño no tendría tal cantidad de oro o pesos fuertes ahorrados para cambiar 18 millones de papeletas, ni creo que tendría interés de cambiar sus onzas pues en este momento iba a vender tabaco, no a comprar”. El “cambio libre” – dice Lluberes – “estaba a 720 nacionales por onza, pero (…) Báez negoció “bajo cuerda varias sumas a $800 mucho después de haber suscrito una disposición que mantenía en reserva, y por la cual se fijaba el cambio a razón de $1,100”. Con esa baja en el cambio, los comerciantes que percibían 80 pesos nacionales por onza, perdían casi el 45% de sus ganancias.

El cambio de los billetes fue dirigido por una comisión gubernamental integrada por los señores Antonio Abad Alfau, Pedro Valverde y Damián Báez, quienes, de acuerdo con Franco, ofrecían por la compra de tabaco precios muy superiores a los que ofertaba el comercio tradicional y se dedicaron a comprar, con una cotización muy superior a la oficial, toda la moneda fuerte que le fue posible.  El tabaco y el dinero en oro y plata, dice Ramón Marrero Aristy, quedarían en manos de Báez y su camarilla.

Juan Bosch, citado por Báez Guerrero, resalta, sin embargo, que la operación de cambio de las monedas de oro y plata, que recibían los comerciantes cibaeños para que compraran tabaco que debían despachar al Viejo Mundo, por los billetes o papeletas dominicanas que hacía el gobierno”, aunque perjudicó a unos pocos comerciantes y  agentes de compradores europeos de tabaco, benefició a los productores y “a los cosecheros, que para entonces eran sobre todo pequeños propietarios campesinos”.

Fue así, anota el citado Báez Guerrero, que “los agentes comerciales perjudicados al frustrase su habitual manipulación monetaria se empeñaron en cobrarle al gobierno su atrevimiento de haber dispuesto la defensa de los productores agrícolas”. En apoyo de Báez Guerrero cabe pensar que si Báez y sus hombres se hubiesen quedado con el tabaco para su venta, debieron haber contado con grandes espacios para su almacenamiento y posterior traslado a lomo de animales a Puerto Plata para su exportación; almacenes y recuas que solo hubiesen podido habérselos suministrado justamente los comerciantes afectados. Algo ilógico.

Edwin Espinal Hernández

Edwin Espinal Hernández

El autor es abogado e historiador. Twitter: @edwinespinal09


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