La revolución de 1857 y sus implicaciones económicas (4 de 5)

La revolución de 1857 y sus implicaciones económicas (4 de 5)

El desmedro a las riquezas de los comerciantes que trajo aquella operación motivó que estos, en la noche del 7 de julio de 1857, en confabulación con militares, propietarios e intelectuales de Santiago, se reunieran en la fortaleza San Luis de esa ciudad, rebelándose públicamente y expresando su desacato a la autoridad del presidente Báez con la proclamación de un gobierno provisional. En el “Manifiesto de los pueblos del Cibao y de las causas que los han impulsado a reasumir sus derechos”, los insurrectos declararon su propósito de “sacudir el yugo del Gobierno del señor Báez al cual desconocen desde ahora y se declaran gobernados (hasta que un Congreso, elegido por el voto directo, constituya nuevos poderes) por un Gobierno Provisional, con su asiento en la ciudad de Santiago de los Caballeros”.

Después de enumerar los agravios a que habían sido sometidos los habitantes del Cibao desde 1844 y catalogar las constituciones de 1844 y 1854 como “báculos del despotismo y la rapiña”, este documento se centra en la crítica a las emisiones de papel moneda realizadas por la administración baecista.

El gobierno provisional revolucionario, así declarado por decreto del 22 de julio de 1857, fue encabezado por el general José Desiderio Valverde y el abogado Benigno Filomeno de Rojas.

Santiago, Moca y San José de Las Matas fueron proclamadas prontamente a favor del nuevo gobierno, lo mismo que Puerto Plata y La Vega, no obstante la resistencia inicial que opusieron sus autoridades. En Samaná, el pronunciamiento fue abortado y quedó como plaza inexpugnable, lo mismo que Higuey, Barahona y Azua, localidades marcadamente baecistas.

Durante el curso de la guerra, los gobiernos siguieron emitiendo papel moneda para financiar sus gastos. En total, 59,700 millones de pesos nacionales fueron puestos a circular. Clic para tuitear

Las tropas cibaeñas fueron comandadas por el general Juan Luis Franco Bidó y se enfrentaron a fuerzas leales a la administración de Báez en La Vega, Santiago, Hato Mayor, Azua, Samaná – aquí incluso en alta mar – Higuey y Santo Domingo, última esta que cercaron durante once meses a partir del 31 de julio de 1857 con desgastantes ataques y combates en los que tomaron parte la infantería y la artillería, que no pudieron romper la defensa que le antepuso Báez sobre la base de las armas y municiones que importó desde Curazao y Saint Thomas.

Francisco del Rosario Sánchez y José María Cabral encabezaron la defensa de la plaza junto al general Merced Marcano y los coroneles Juan Erazo y Gabino Simonó. Entre los que componían las filas baecistas se encontraban veteranos de Neyba, Barahona, Azua, Maniel, Baní, San Cristóbal, San Carlos, Higuey y Samaná, así como integrantes de “la juventud más escojida [sic] de la Capital”. El apoyo naval lo ofrecía una flotilla de once buques, armada gracias a empréstitos de la casa J.A. Jesurun & Zoon, de Curazao, la cual llegó a bloquear la ciudad de Puerto Plata. De su lado, los revolucionarios establecieron su cuartel en El Caimito, cerca de San Carlos.

Conociendo la imposibilidad de tomar esa plaza “por su propia impotencia” y la deserción de sus hombres, como subraya Damián Báez, el gobierno provisional dictó el 11 de julio de 1857 un decreto de amnistía que permitió el regreso del general Santana desde Saint Thomas, quien asumió la dirección del sitio.

Cassá dice que la incorporación de Santana a la contienda fue un elemento decisivo en el aislamiento del baecismo y convirtió a la revolución en una alianza entre el grupo cibaeño y el grupo sureño que este encabezaba; para Bosch significó sencillamente su fracaso y Landolfi la califica de ingenuidad.

La decisión del gobierno cibaeño es criticada por la doctrina histórica nacional, toda vez que la resistencia de los baecistas se redobló, temerosos de las seguras represalias de Santana, al tiempo que este logró integrar sus propias fuerzas, desplazando del mando al general Franco Bidó, por la fidelidad de sus hombres y la desmoralización de las tropas cibaeñas, causada por la distancia que separaba a sus integrantes de sus hogares y la necesidad de retomar el ciclo agrícola de la cosecha de tabaco.

Durante el curso de la guerra, ambos gobiernos siguieron emitiendo papel moneda para financiar sus gastos: en septiembre y diciembre de 1857, Báez produjo dos emisiones por dos millones y un millón de pesos nacionales, respectivamente, completando 27 millones en el año; el gobierno provisorio hubo de realizar emisiones para sustituir billetes en circulación de gobiernos anteriores, así como los de las emisiones de Báez, y sufragar los gastos del sitio de la ciudad de Santo Domingo y que contribuyeron a destruir el valor de la moneda y la ruina de los productores agrícolas cibaeños, en palabras de Báez Guerrero.  En total, 59,700 millones de pesos nacionales fueron puestos a circular.

Edwin Espinal Hernández

Edwin Espinal Hernández

El autor es abogado e historiador. Twitter: @edwinespinal09


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