Cuando ellas ganan más: el machismo tradicional en relaciones económicas no tradicionales

Cuando ellas ganan más: el machismo tradicional en relaciones económicas no tradicionales

La cultura machista sigue definiendo parte de la psiquis de los dominicanos y las dominicanas, demostrando que falta mucho para completar la tarea de hacer una sociedad más equitativa. Esto ocurre en múltiples aspectos de nuestras vidas, incluyendo el financiero.

Se manifiesta, por ejemplo, por la forma en que socialmente se percibe el hecho de que en una pareja haya una diferencia salarial o de ingresos muy significativa a favor de la mujer.

Partiendo de la visión social macro de estos casos, sin incursionar en el universo infinito y colorido de las particularidades (insisto), no es exagerado afirmar que entre las propias mujeres que viven esta situación existe algo de resquemor o miedo. No pocas temen, en el fondo, a que el hombre que han elegido como pareja termine siendo un ‘aprovechado’. Las que están libres de esta aprehensión son aves de solitario vuelo que tienen que soportar los vientos contrarios de la presión social.

El sesgo se manifiesta también en los hombres, que tienden a temerle a la superioridad económica de sus esposas. Como en las relaciones humanas el dinero es poder, el hecho de que las mujeres tengan más ingresos las hace más poderosas que sus parejas. A los hombres, esa superioridad les asusta, la viven como algo antinatural, porque ellas siguen siendo mujeres y -en su consciente o su inconsciente- son criaturas tradicionalmente inferiores y dependientes.

Entre las mujeres que viven esta situación existe algo de miedo a que su pareja sea un ‘aprovechado’. A los hombres, la superioridad económica de ellas les asusta, la viven como algo antinatural.

Aislando los casos individuales en que puedan justificar estos miedos, se aprecia que hay en el trasfondo un prejuicio generalizado.

No ocurre lo mismo, o parece menos común, cuando se produce la relación contraria, en que los ingresos del hombre son substancialmente superiores a lo de la mujer. En estos casos el dedo de la colectividad puede señalar a la mujer por tener un “matrimonio muy ventajoso”, pero no fija sobre la pareja sus ojos con los mismos niveles de criticidad y alarma.

El hecho de que muchas mujeres ganen más que sus parejas es, en sí, una expresión de que estamos cambiando como sociedad. No nacimos preparados y preparadas para este cambio, no necesariamente sabemos lidiar con esta realidad, que no es un carácter cultural, sino lo contrario: nos parece una extravagancia, una rotura, un desentono, como se le quiera llamar.

Es necesario entender lo que está ocurriendo. Las mujeres son, en nuestro país, el 67% de los egresados de las universidades, los hombres son la mayoría de los desertores de las escuelas y la brecha salarial se está acortando, de modo que lo más natural es que se afiance la tendencia y que cada vez más mujeres tengan ingresos muy superiores a los de sus parejas.

No digo que las mujeres deberán echarse la economía al hombro, sino que hay que aprender a convivir con esta expresión del avance en la lucha por los derechos de las mujeres. Al menos hasta que tengamos un mejor escenario.

Lo ideal es que, independientemente de quién gane más, lo veamos de una manera neutral, a menos que existan causas reales para creer que una relación específica se da una situación de abuso económico.

Ideal también es que los hombres no se queden atrás, que no deserten, que refuercen su presencia en las academias y, como sociedad, evitemos ensanchar esta brecha educativa de género, que es una expresión de morbilidad social y otra forma de violencia. Como la violencia de género de toda la vida, con el agravante de que esta se suma (no sustituye) a la violencia machista tradicional.

Esto también es por la vida.


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