Alcancías: ¿por qué un cerdito y no un hipopótamo?

by Lery Laura Piña | Dic 1, 2015 5:40 pm

Los cerdos, por sus hábitos alimenticios y de higiene reprochables, tienen mala reputación. Al menos en castellano, los nombres con que nos referimos popularmente a estos mamíferos son siempre ajustables como sinónimos de sucio: cerdo, puerco, marrano, cochinito, choncho…

Es como si con ellos se hubiese inventado lo asqueroso, lo inmundo y lo repulsivo. Pero esta injusta fama coexiste con una virtud que encumbra su imagen pública: los cerdos son, también, símbolo del ahorro y, en algunas culturas, de abundancia y prosperidad.

Por eso es usual que las alcancías o huchas (como se les conoce en otros países hispanos) tengan forma de un tierno y gordo cerdito, y no de un robusto elefante, un fornido hipopótamo o un elegante felino.

La relación cerdito-ahorro es antigua. Se piensa que las primeras alcancías en forma de cerditos fueron hechas en Inglaterra, por el Siglo XV, y que estaban inspiradas en la forma en que ahorraban las familias pobres del ámbito rural, que criaban cerdos para, luego,  venderlos o usarlos para su propia alimentación.

También hay quienes entienden que pudo haber sido porque las alcancías eran de arcilla y su color se asemejaba al de los cerdos. En todo caso, las que tenían forma de cerdito fueron sustituyendo a las  vasijas tradicionales de ese material que la gente usaba para guardar dinero. Ya en el Siglo XVII eran llamadas ‘piggy banks’, que es como se les conoce, ampliamente, en el mundo angloparlante.

En los poblados rurales de República Dominicana invertir en un cerdo doméstico es modus vivendi. Aunque estos animales no son los únicos en que la gente invierte, lo cierto es que sus exigencias alimenticias son pocas y permiten que las personas muy pobres puedan criarlos sin incurrir en altos costos. Se suma la ventaja de que, a diferencia de lo que ocurre con el ganado vacuno o caprino, por ejemplo, tampoco se requiere de amplios espacios de pasto.

La gente los cría para cubrir gastos en salud, para echarle el piso a la cocina, para cercar el patio, para comprar semillas o para la próxima cena de navidad; de modo que, literalmente, son el ahorro, el fondo de emergencias, el clavo debajo del colchón y hasta el seguro médico de miles de personas pobres.

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Un hombre de números

by Lery Laura Piña | Oct 7, 2015 5:41 pm

El aumento del tipo de cambio del plátano es un tema sensible en estos días, pero el plátano, que ni siquiera se llama plátano en realidad, no es considerado un indicador serio de la inflación. Eso dice, con ironía y con inocencia, Osiris, un tío del campo que no recibió nociones de finanzas, pero es, en esencia, un hombre de números.

Digo que es un hombre de números porque, aunque cuenta mal sus años, multiplica que quiere a todos los sobrinos en la misma medida y mide el amor en años luz. Es un hombre de números, al menos cundo habla. Tiene mucho de espectacular oírlo decir, por ejemplo, que levantarse es una inversión y que los buenos días son esos en que la noche llega y ya sabemos cuál fue el rendimiento, pero lo calculamos una y otra vez, felices, orgullosos de haber obtenido una buena tasa de retorno.

El tío Osiris, además de hablar como un hombre de números, vive como un hombre de números, o en su defecto, de adverbios de cantidad. 

No saca sus números de una base de datos, los saca de la humedad de la tierra y del color de los atardeceres, que le ayudan a hacer sus proyecciones. Piensa que vivimos en una calculadora. Que vivimos en las matemáticas, intensa y discretamente, más que en la filosofía y la teología, y a fuerza de necesidad.

Yo le digo que quizás nuestro mundo matemático no sea homogéneo. Le pregunto que si es lo mismo para un maizal extenso y verde y para el paisaje de ventanas diminutas que observamos entre los edificios de Naco. Él, que no distingue entre Naco y Gazcue, responde que sí, que hemos diseñado todo sobre la misma hoja de cálculo y por eso en el horizonte siempre hay una línea recta.

El tío Osiris, además de hablar como un hombre de números, vive como un hombre de números, o en su defecto, de adverbios de cantidad. Es sesentón y no tiene descendencia. Dicen que en sus años mozos se enamoraba poco y calculaba demasiado para llegar a conclusiones que muchos heredan como un rasgo cultural, como esa de que hay que tener sus hijos.

Para la gente él es un hombre solo, pero él, en broma, dice que no, que es un 1.0. Entonces los demás (que son 2, 1.2, 2.3, etc.) se ríen. Siempre hay quien recurre a la idea manida de que, en su juventud, el tío Osiris calculó tanto que se quedó atrapado en la creencia de que el mundo es una calculadora. Yo creo que no, que quizás ni siquiera ha tenido mucho qué calcular en la vida y que su extraña relación con los números debe tener una explicación menos absolutista, menos pobre.

Lo cierto es que nadie sabe por qué un agricultor mal alfabetizado habla y vive con tanta matemática. ¿Por qué matemática y no biología o agronomía, que le resultan de naturaleza más cercana? Me hago la pregunta cada vez que pienso en él. Y lo hago con frecuencia, principalmente cuando termino un texto y, por costumbre, caigo en el absurdo de contar la cantidad de caracteres sin que sea necesario.

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Cuando ellas ganan más: el machismo tradicional en relaciones económicas no tradicionales

by Lery Laura Piña | Sep 8, 2015 12:01 pm

La cultura machista sigue definiendo parte de la psiquis de los dominicanos y las dominicanas, demostrando que falta mucho para completar la tarea de hacer una sociedad más equitativa. Esto ocurre en múltiples aspectos de nuestras vidas, incluyendo el financiero.

Se manifiesta, por ejemplo, por la forma en que socialmente se percibe el hecho de que en una pareja haya una diferencia salarial o de ingresos muy significativa a favor de la mujer.

Partiendo de la visión social macro de estos casos, sin incursionar en el universo infinito y colorido de las particularidades (insisto), no es exagerado afirmar que entre las propias mujeres que viven esta situación existe algo de resquemor o miedo. No pocas temen, en el fondo, a que el hombre que han elegido como pareja termine siendo un ‘aprovechado’. Las que están libres de esta aprehensión son aves de solitario vuelo que tienen que soportar los vientos contrarios de la presión social.

El sesgo se manifiesta también en los hombres, que tienden a temerle a la superioridad económica de sus esposas. Como en las relaciones humanas el dinero es poder, el hecho de que las mujeres tengan más ingresos las hace más poderosas que sus parejas. A los hombres, esa superioridad les asusta, la viven como algo antinatural, porque ellas siguen siendo mujeres y -en su consciente o su inconsciente- son criaturas tradicionalmente inferiores y dependientes.

Entre las mujeres que viven esta situación existe algo de miedo a que su pareja sea un ‘aprovechado’. A los hombres, la superioridad económica de ellas les asusta, la viven como algo antinatural.

Aislando los casos individuales en que puedan justificar estos miedos, se aprecia que hay en el trasfondo un prejuicio generalizado.

No ocurre lo mismo, o parece menos común, cuando se produce la relación contraria, en que los ingresos del hombre son substancialmente superiores a lo de la mujer. En estos casos el dedo de la colectividad puede señalar a la mujer por tener un “matrimonio muy ventajoso”, pero no fija sobre la pareja sus ojos con los mismos niveles de criticidad y alarma.

El hecho de que muchas mujeres ganen más que sus parejas es, en sí, una expresión de que estamos cambiando como sociedad. No nacimos preparados y preparadas para este cambio, no necesariamente sabemos lidiar con esta realidad, que no es un carácter cultural, sino lo contrario: nos parece una extravagancia, una rotura, un desentono, como se le quiera llamar.

Es necesario entender lo que está ocurriendo. Las mujeres son, en nuestro país, el 67% de los egresados de las universidades, los hombres son la mayoría de los desertores de las escuelas y la brecha salarial se está acortando, de modo que lo más natural es que se afiance la tendencia y que cada vez más mujeres tengan ingresos muy superiores a los de sus parejas.

No digo que las mujeres deberán echarse la economía al hombro, sino que hay que aprender a convivir con esta expresión del avance en la lucha por los derechos de las mujeres. Al menos hasta que tengamos un mejor escenario.

Lo ideal es que, independientemente de quién gane más, lo veamos de una manera neutral, a menos que existan causas reales para creer que una relación específica se da una situación de abuso económico.

Ideal también es que los hombres no se queden atrás, que no deserten, que refuercen su presencia en las academias y, como sociedad, evitemos ensanchar esta brecha educativa de género, que es una expresión de morbilidad social y otra forma de violencia. Como la violencia de género de toda la vida, con el agravante de que esta se suma (no sustituye) a la violencia machista tradicional.

Esto también es por la vida.

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