La historia de Juan y Anita (3/3)

La historia de Juan y Anita (3/3)

“¡Muchachos! Suban a la casa, que ya se está poniendo muy tarde” le exclamó doña Ana a su hija Anita y su amigo Juan Palotes, que entre una y cosa y otra se habían quedado conversando en la calle sobre el lío en el que Juan ¡Yo pago! Palotes se había metido.

Anita lo animó a subir: “Vamos, Juan. Recuerda que mami sabe de finanzas personales, y de seguro que te podrá ayudar. Además, yo hago una batida de lechosa buenísima, que cuando éramos chiquitos a ti te encantaba.”

“Okay, Anita. Tengo confianza en ustedes y ya estoy, como te habrás dado cuenta, desesperado de ver cómo es que podré recomponer mi economía.”

Sentados en el comedor, el querido Palotes le resumió a doña Ana todo lo que le había pasado, desde que se volvió loco gastando más allá de sus posibilidades, despilfarrando e invitando a todo el mundo sin control, con la tarjeta de crédito que tan infelizmente inauguró su vida bancaria y crediticia.

“¡Ay, doña Ana! ¿Y cómo será que yo saldré de este hoyo? Lo veo todo oscuro y sin salida, pero Anita me dio algo de esperanza, y me aseguró que usted sabría orientarme y ayudarme con esto.”

La sabiduría de doña Ana

“Querido Juan: Lo primero, y lo más importante, es que te calmes. No serás ni el primero ni el único que se tropieza al dar sus primeros pasos con el crédito, y al tomar decisiones de cómo y cuánto gastar.”

“Está bien, Doña…” le suspiró Juan, “Lo que pasa es que mi tío me citó para mañana en la ferretería. Alguien lo llamó para hablarle de mi, y me muero, no sólo de la vergüenza, sino también de la angustia pensando que fue un turbo cobrador.”

Doña Ana sonrió levemente, y le insistió: “Muchacho, tranquilízate. Que así ni vas a poder pensar en frío, ni a aprender, ni cambiar ni tomar las decisiones que vas a tener que tomar para reponerte.”

“Lo primero que te quiero preguntar es: ¿Qué aprendiste?”, le dijo la doña. “Olvídate de todo lo demás. Si no aprovechas para reflexionar y aprender ahora, vas a repetir los mismos errores en el futuro.”

Juan, lloroso y apenado, reconoció sus fallas. Anita, fiel amiga y compañera, se sentó a su lado con la batida prometida y la solidaridad que Yuly no le brindó.

“Doña, ¿y dónde comienzo? Si fuera a resumir, la próxima vez no me dejo llevar. Ni por la publicidad de la tarjeta de crédito que saqué, ni por los amigos que se aprovecharon de mi generosidad despilfarradora, y aun menos por mi propia impulsividad que, en definitiva, es sólo muestra de mi inseguridad y deseo de que me quiera gente a quien no le importo, ni antes ni mucho menos ahora.”

“¡Perfecto! Sigue, sigue… ¿Qué más aprendiste?”, le insistió la doña.

“Aprendí también que el crédito es como el fuego. Valioso, importantísimo y muy útil, pero que si no se sabe manejar quema… ¡Y de qué forma! Toca saber administrarlo, y lo mejor es hacerlo poco a poco, en lo que aprendemos a usarlo.”

“Sigue.”

“Que la independencia económica y financiera, y eso de sentirme como la gente ‘grande’ no es cuando firmo los vouchers de los gastos, sino cuando recibo el estado de cuenta sin miedo de enfrentar lo que consumí, y seguro de que podré firmar un cheque pagando la deuda total.”

“¿Algo más?”, le insistió Ana la mayor.

“Sí. Que hay ejemplos y hay ejemplos. Yo me llevé del ejemplo de “¡Yo pago!”, “¡Yo invito!” y “¡Yo compro por internet!” que tan manipuladora e inteligentemente me vendieron los de la tarjeta de crédito.”

“¿Cuál es el otro ejemplo, el bueno?”

“Oh, doña. El de su hija Anita. Esa sí que sabe organizarse, y darle valor a lo que es importante. Además, me ha sabido ayudar y apoyar como nadie.”

Ana se sonrojó, sonrió levemente, y se acercó un poco más a su querido amigo.

Primeros pasos para desenliarse 

Satisfecha con las respuestas de Juan Palotes, doña Ana le ayudó a planificar su recuperación económica y financiera.

“Listo, Juan. Te contaré lo que yo hice cuando a mí me pasó lo que a ti te está pasando con la tarjeta de crédito, muchos años atrás.”

“En primer lugar, tienes que hacerle frente a todas tus deudas. Para lograr eso, debes saber cuánto es que debes. Calcula tanto el principal, como los intereses, las moras y otros cargos.”

“Con ese dato en mano, y ya que tu deuda de la tarjeta de crédito está en unas oficinas de cobro legal, acércate a ProConsumidor. Allá mi amiga Altagracita tiene un departamento que te ayudará a negociar un acuerdo de pago razonable con los abogados. Incluso es posible que te acomoden a un buen plazo, y te quiten parte de los cargos por moras y penalidades.”

“Así lo haré, doña Ana. ¡Así lo haré!”

“Eso sí, mi hijo… No se te ocurra atrasarte con ese acuerdo de pago. Para lograr eso, debes llevar tus gastos a lo mínimo. Ya basta de francachela… De tus ingresos de la ferretería, asegúrate de siempre tener disponible para hacer el pago de la cuota mensual.”

Anita, más sonriente que antes, le animó: “No te apures, Juan. Vas a ver que ese dinero que te paga tu tío rinde y sobra. Es asunto de pensar antes de gastar, y de gastar solamente en lo que es verdaderamente importante ahora.”

“Digamos que por un tiempo llevaré una dieta de gastos y me inscribiré en un gimnasio de ejercicios económicos para salir de tanta deuda grasienta.”

Juan terminó su batida, e hizo como que se despedía pues ya era muy tarde y no quería abusar de sus amigas.

“Una última pregunta: Digamos que yo cumpla con el plan de pago dentro de lo prometido, ¿podré acceder al crédito nuevamente en el futuro?”

Doña Ana le respondió: “Sí, Juan P., podrás volver a tomar un préstamo bancario. Como te dije, errores cometemos todos. Lo importante es levantarse, sacudirse y reponerse.”

“Pero, pero, pero… Juan: Por ahora, lo importante es que te simplifiques, no que te compliques. Manéjate sólo con tu tarjeta de débito y con un presupuesto bien estricto. Más adelante te contaré sobre algunas herramientas para rehacer y recomenzar tu crédito, pero mejor es que vayas paso a paso.”

“Y para que no te preocupes de tu tío, te cuento que fui yo quien lo llamé a la ferretería, Juan”, se despidió doña Ana.

“Anita me había contado de tu situación, y lo llamé para decirle que conversaría contigo. Le dije que era importante que te siguiera apoyando, para que puedas cumplir con tu nuevo plan de pagos y recomponerte bien pronto.”

Juan no dejaba de sorprenderse de doña Ana y aún más de su hija. La miró y le dijo: “Amiga: tú sí que no tienes precio.” Anita se sonrojó más. Y sonrió.


“Toda la adversidad que he tenido en mi vida, todos mis problemas y obstáculos me han fortalecido. Es posible que no se dé cuenta cuando sucede, pero una patada en los dientes puede ser la mejor cosa en el mundo para usted.”

Walt Disney, Productor, director, guionista y animador (1901-1966)

Alejandro Fernández W.

Alejandro Fernández W.

Analista financiero, con más de 20 años de experiencia trabajando con el sector bancario dominicano.



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