Necesidades y deseos, ¿cómo distinguirlos?

Necesidades y deseos, ¿cómo distinguirlos?

Los asesores financieros son contundentes al darnos la receta: a la hora de gastar, prioricen, distingan entre lo que es verdaderamente necesario y los que son solo deseos. En teoría, todo bien, gracias. La tarea parece fácil. Pero en la práctica la línea que separa los deseos de las necesidades no siempre está clara. ¿Cómo abordar estas situaciones? ¿Cómo distinguir una cosa de la otra cuando ambas se confunden?

Aquí la cosa se complica. Aunque nos formulamos la pregunta desde el campo de las finanzas, quizás la respuesta más rica surge en el de la psicología.

Lo primero es que se requeriría un consenso en torno a qué son exactamente las necesidades. El psicólogo y economista Joaquín Disla explica que, en sentido general, el término necesidades hace referencia a “cosas o condiciones imprescindibles para la subsistencia humana”. De modo que sin ellas cubiertas, la vida estaría bajo amenaza o empezaría un proceso de deterioro que, en caso extremo, conduciría a la muerte.

Con frecuencia pensamos que necesitamos unos zapatos costosos cuando en realidad necesitamos aceptación social, afirma el psicólogo y economista J. Disla. Clic para tuitear

Aunque las fisiológicas son las necesidades primarias, no son las únicas.  Disla cita la clasificación de necesidades de Abraham Maslow, que contempla la siguiente escala de importancia: necesidades fisiológicas (hambre, sed, descanso, entre otras), de seguridad, de pertenencia, estima y autorrealización (ver ilustración).

Aclara que existen otras clasificaciones, pero esta es la referencia más recurrida. Hace hincapié en la necesidad de vínculo social, que sugiere que “nada vivo vive solo”. Es decir, que los vínculos y la aceptación social se plantean como una necesidad.

Quizás este sea el territorio en que se abren más ventanas hacia las subjetividades. Aquí, las necesidades como tales y con un nombre y apellido específicos, no son universales. Así, mientras una persona puede vivir perfectamente con escasa exposición social, a otra le resultaría una necesidad; o que un bien específico, como carro, sea necesario en un contexto, pero no en otro.

Esta ausencia de líneas divisorias explica que constantemente confundamos las necesidades con los deseos, o bien que, existiendo un deseo, no tengamos claro cuál es la necesidad a la que está asociado.

Por ejemplo, Disla cita que con frecuencia pensamos que necesitamos unos zapatos costosos cuando en realidad necesitamos aceptación social. También es habitual creer que la necesidad es financiera cuando la carencia se origina en la escasa seguridad en uno mismo o incluso en la ausencia de amor propio.

Comprender esto es clave para poder determinar si necesitamos o no un bien en específico o si la carencia se origina en un plano emocional o afectivo que quizás no sospechamos todavía.

Para aproximarse a una respuesta, convendrá hacerse más de una pregunta:

¿Siento esto o aquello como una necesidad?

¿Qué haré con este bien, cuáles satisfacciones o beneficios me generará su adquisición?

¿Puedo costearlo sin que me genere deudas o estrés financiero?

¿Tendría que sacrificar bienes o servicios prioritarios para poder adquirirlo?

¿Qué tan seguido lo utilizaré?

Las respuestas, si se ofrecen con honestidad, aportarán claridad. De todos modos, en este punto, la diferencia entre necesidades y deseos puede perder relevancia, y gana protagonismo la urgencia de identificar cuáles son nuestras carencias y en qué medida están determinadas por presiones en nuestro entorno.

La conclusión será responsabilidad individual. Nuevamente: lo importante es responder con sinceridad –como acota el experto-  y saber que se tiene la libertad de elegir cuáles “batallas” librar.

No satanizar los deseos

En todo caso, sería un error satanizar los deseos o algún tipo de necesidad, explica Disla. “Ayuda mucho no querer disfrazar el deseo que se tiene. No hay que sentirse culpable por desearlo”.

En su opinión, “admitir que se tiene la necesidad de reconocimiento y aprobación es importante” para tomar decisiones que de algún modo influyan en la autoestima y la confirmación que recibimos de parte de los demás.

Pero también es importante –agrega- “ser capaz de anticipar o prever las consecuencias que se van a derivar de tomar esa decisión” en el el aspecto económico.

Atención a los rasgos de nuestra personalidad

Los  rasgos de la personalidad individual interactúan con nuestro sentido de lo necesario. Nuestro experto explica que “la  persona que constantemente se preocupa y se ocupa de su madurez como ser humano desarrolla con el tiempo la capacidad para “afinar la puntería” a la hora de tomar una decisión económica”.

Asimismo, alguien que ha padecido de algún tipo de trastorno en el orden afectivo puede estar más expuesto a la posibilidad tomar decisiones económicas menos sabias, prudentes y éticas. Cita el ejemplo de una persona con un trastorno bipolar.

De ahí la importancia que tiene para el bolsillo el nivel conocimiento que tengamos, más que de las finanzas, de nosotros mismos.


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